Coaching ejecutivo: qué hacer cuando tienes estúpidos en tu empresa
- Nacho Martín

- hace 8 horas
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Una mañana un viejo capitán reunió a la tripulación del velero. El mar estaba en calma. Las provisiones eran suficientes. El viento soplaba a favor.
Todo indicaba que el viaje sería un éxito. Sin embargo, el capitán parecía preocupado.
—¿Teme una tormenta? —preguntó el timonel.
—No.
—¿Piratas?
—Tampoco.
—Entonces, ¿qué le preocupa?
El capitán señaló la cubierta.
—Lo único que puede hundir este barco es alguien de nuestra tripulación que haga agujeros desde dentro.
Y el silencio se apoderó del puente de mando.

Un pequeño ensayo que sigue haciendo pensar
No fue un psicólogo quien formuló una de las teorías más inquietantes sobre el comportamiento humano. Fue un catedrático de historia económica, Carlos M. Cipolla (1922-2000), con una mezcla de humor, ironía y lucidez, escribió un pequeño tratado que sigue haciendo sonreír… y pensar: “Las leyes de la estupidez humana”.
En este obra, Cipolla nos una definición tan sencilla como incómoda: "Una persona estúpida es una persona que causa un daño a otra persona o grupo de personas sin obtener, al mismo tiempo, un provecho para sí, o incluso obteniendo un perjuicio."
Si nos remitimos a la historia del barco, el estúpido es aquel que hace agujeros en el barco aunque sabe que él viaja dentro.
Y ese es el tipo de comportamiento que más desconcierta a líderes, directivos y profesionales. Porque la lógica deja de funcionar con el estúpido.
Intentamos buscar una explicación, una intención oculta, un beneficio escondido. pero muchas veces no lo hay. Y es precisamente ahí donde comienzan algunos de los mayores desafíos del liderazgo pues el estúpido puede ser un marinero, un contramaestre o el propio capitán del barco.
Cuando quien perfora el casco es un marinero
Imagina un marinero que es un estúpido. Le explicas cómo navegar. Le enseñas dónde están los principales riesgos de la navegación marina, le muestras como leer los mapas, le das herramientas y, aun así, sigue haciendo agujeros en el barco.
El capitán puede caer en la trampa de pensar que, si se lo explica una vez más, lo entenderá y dejará de hacer agujeros en la sentina, la cubierta interior del barco. Pero hay una diferencia entre hacer entender y cambiar a una persona.
Desde el liderazgo y el coaching ejecutivo llega un momento en que la pregunta deja de ser “cómo consigo que cambie esta persona” y pasa a ser “cómo protejo el barco”.
Porque liderar no consiste únicamente en desarrollar personas. También consiste en proteger el proyecto, proteger la empresa.
No todo comportamiento puede transformarse. A veces debe contenerse. A veces debe corregirse. Y en ocasiones, si el agujero sigue creciendo, la responsabilidad del capitán consiste en decidir quién puede continuar a bordo y quién no.
Cuando quien perfora el casco es el contramaestre
Imagina que tú eres el sobrecargo del barco, es decir el oficial responsable de la carga del barco.
Y el contramaestre, el oficial responsable de la marinería, de la estiba y del mantenimiento del barco es ese estúpido que convierte cualquier travesía en una odisea. El oficial que critica todo, que genera conflictos, que difunde rumores, que bloquea decisiones, que consume energía colectiva.
Y lo más desesperante es que tú no eres el capitán del velero. No puedes despedirlo. No puedes sustituirlo. No puedes obligarlo a cambiar.
Entonces el coaching ejecutivo propone una reflexión diferente: no puedes controlar quién navega contigo, pero sí cómo navegas tú.
Puedes aprender a poner límites, a no entrar en todas las discusiones, a no asumir responsabilidades ajenas, a no dejar que un agujero en otra cubierta te haga abandonar tu rumbo.
Porque hay personas que consumen tanta energía que acabamos dedicando más tiempo a gestionarlas que a avanzar. Y cuando eso ocurre, el riesgo no es únicamente el agujero. Es perder el rumbo.
El escritor, orador y humorista estadounidense Mark Twain, autor de las aventuras de Tom Sawyer y Huckleberry Finn, ya nos decía el siglo XIX lo siguiente: "Nunca discutas con un estúpido. Te hará descender a su nivel y ahí, te vencerá por experiencia."
Cuando quien perfora el casco es el capitán
Esta es probablemente la situación más difícil. Porque quien es el responsable de todo el barco es precisamente quien está dañando la embarcación.
Todos hemos conocido algún director general así. Personas que destruyen confianza, que bloquean iniciativas, que generan miedo, que enfrentan a los miembros de la tripulación, que toman decisiones que perjudican al equipo y a la organización. Y lo desconcertante es que ellos también sufren las consecuencias de su estupidez, exactamente como describía Cipolla.
La reacción habitual suele ser intentar convencer al jefe de su estupidez, intentar demostrar que perjudica a los demás y a sí mismo, intentar corregirlo, intentar que cambie.
El coach ejecutivo suele preguntar algo mucho más útil:
1. ¿Qué parte de esta situación está realmente bajo tu control?
Porque no todo depende de ti, pero tampoco todo depende del otro.
2. ¿Qué puedes hacer tú, aquí y ahora, que sí dependa de ti?
Esta pregunta devuelve el protagonismo a la persona y evita caer en el victimismo.
3. ¿Qué opciones tienes para minimizar el impacto de esta situación sobre ti, tu equipo y tus resultados?
Porque no siempre podemos resolver el problema, pero sí podemos gestionar sus consecuencias.
4. ¿Qué decisión o acción llevas demasiado tiempo posponiendo?
Esta suele ser la pregunta más incómoda. Y, precisamente por eso, la más transformadora.
Quizá no puedas cambiar al capitán. Quizá no puedas modificar el rumbo o ni siquiera puedas evitar el naufragio. Pero sí puedes decidir cómo actuar. Qué límites establecer. Qué conversaciones mantener. Y cuánto tiempo estás dispuesto a permanecer en una embarcación que se dirige hacia las rocas.
La trampa más peligrosa: tu estupidez
Existe algo peor que encontrarte con una persona estúpida. Convertirte tú en una de ellas. Porque todos, absolutamente todos, podemos actuar de forma estúpida.
Cuando nuestro ego toma el mando. Cuando queremos ganar una discusión a cualquier precio. Cuando insistimos en tener razón, aunque todos salgamos perdiendo. Cuando confundimos orgullo con liderazgo. Cuando seguimos cavando un agujero porque ya hemos cavado demasiado.
Quizá por eso el coaching empieza siempre por uno mismo. Antes de señalar al marinero. Antes de culpar al capitán. Antes de criticar al contramaestre. Conviene mirar nuestra propia cubierta interior.
Y preguntarnos: ¿En qué ocasiones soy yo quien está haciendo agujeros en el barco?
La gran lección
El coaching no puede eliminar la estupidez humana. Ninguna metodología puede hacerlo. Pero sí puede ayudarnos a desarrollar algo mucho más útil: nuestra conciencia.
La conciencia es esa capacidad de darnos cuenta de lo que está ocurriendo realmente, de cómo nos afecta, de qué parte depende de nosotros y de qué opciones tenemos para actuar de forma más inteligente.
Esa capacidad que nos permite reconocer los agujeros antes de que el agua empiece a entrar. La capacidad de decidir dónde invertir nuestra energía. La capacidad de elegir si seguimos intentando tapar agujeros ajenos o empezamos a construir mejores barcos.
Porque no siempre podemos cambiar al capitán, al contramaestre o al marinero que hace agujeros en el barco. Pero sí podemos decidir cómo responder ante ello.
Entonces, si no puedes eliminar la estupidez humana, ¿qué vas a hacer?
Dicen los viejos marineros que los grandes naufragios rara vez comienzan con una ola gigantesca. Empiezan con una pequeña vía de agua que nadie quiso mirar. Un agujero aparentemente insignificante. Una decisión mal tomada. Un comportamiento tolerado durante demasiado tiempo.
Quizá por eso la verdadera inteligencia no consiste en saber navegar. Ni siquiera en saber dirigir un barco. Consiste en comprender que todos compartimos la misma embarcación.
Y que cada vez que hacemos un agujero para perjudicar a otro, el mar no pregunta quién tenía razón. Simplemente entra. Y acaba hundiéndonos a todos, seamos quienes seamos.
La estupidez humana existe. Ha existido siempre y probablemente seguirá existiendo. En las empresas, en los equipos, en los directivos y en los consejos de administración. Y, de vez en cuando, también dentro de nosotros. Cipolla nos confirma que estés donde estés, trabajes donde trabajes, vivas donde vivas, siempre habrá una fracción constante ε (épsilon) de seres humanos estúpidos.
Por tanto, la pregunta que debes hacerte no es cómo eliminar la estupidez. La pregunta es otra.
¿Serás capaz de seguir navegando tu mejor travesía cuando la estupidez también viaje en el barco?




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