Las 7 dimensiones de una vida plena: la dimensión del tiempo

¿A qué estás dedicando la vida mientras dices que no tienes tiempo?
"No vivimos según el tiempo que tenemos. Vivimos según aquello a lo que decidimos dedicarlo." – Nacho Martín
Continúo describiendo las 7 dimensiones de la vida plena. Hoy le toca el turno a la dimensión temporal.
Hace años leí un relato de Jorge Bucay que nunca he conseguido olvidar. Cuenta la historia de un viajero que llega a un pequeño pueblo y decide visitar su cementerio.
Mientras pasea entre las lápidas queda profundamente impresionado. En una de ellas lee: "Vivió ocho años, tres meses y doce días."
Un poco más adelante encuentra otra que dice: "Vivió once años y dos meses.". Después otra que dice: "Vivió dieciséis años."
El viajero empieza a angustiarse. Piensa que ha llegado a un lugar donde ocurrió una terrible tragedia y que todos los niños murieron prematuramente.
Al verlo tan desconcertado, un anciano se acerca y le explica que no debe preocuparse. En aquel pueblo las lápidas no reflejan los años que una persona había permanecido con vida. Reflejaban algo muy diferente.
Cada habitante recibía una pequeña libreta al cumplir la mayoría de edad. Cada vez que vivía un momento de auténtica felicidad, de amor, de paz o de profundo sentido, anotaba cuánto había durado.
Al morir, sumaban todos esos instantes. Y ese era el tiempo que aparecía grabado sobre su tumba. No los años que había respirado, sino los momentos en los que realmente había "vivido" de verdad.

Cada vez que releo este relato me hago la misma pregunta: “¿Qué edad aparecería en mi lápida?”. Y, sobre todo..., ”¿qué estoy haciendo hoy para que ese número siga creciendo?”.
Vivimos obsesionados con la falta de tiempo. Decimos constantemente que no tenemos tiempo para cuidar nuestra salud. No tenemos tiempo para llamar a nuestros padres ni para estar más con nuestros hijos. No tenemos tiempo para leer ni para estar un rato con nosotros mismos.
Sin embargo, todos recibimos exactamente el mismo regalo cada mañana: 24 horas. Ni una más y ninguna menos.
Te has planteado alguna vez que puede que el problema nunca haya sido el tiempo. Quizá el verdadero problema sea cómo decidimos utilizarlo.
Stephen Covey revolucionó nuestra forma de entender la productividad al recordarnos que no debemos gestionar el tiempo. Debemos gestionar nuestras prioridades. Porque lo urgente siempre intentará ocupar el lugar de lo importante.
Y, si no decidimos conscientemente qué merece nuestro tiempo, alguien lo decidirá por nosotros.
Tony Robbins suele afirmar que la calidad de nuestra vida depende de la calidad de nuestras decisiones. Y creo firmemente que pocas decisiones son tan importantes como decidir dónde invertimos nuestro tiempo. Porque el tiempo es el único recurso que nunca podremos recuperar.
Y nuestras decisiones diarias, aparentemente pequeñas, terminan construyendo nuestro destino.
Seguramente quien lleva esta reflexión más lejos sea Viktor Frankl. Después de sobrevivir a los campos de concentración nazis, comprendió que incluso en las circunstancias más difíciles el ser humano conserva una libertad esencial.
¿Sabes cuál es? Es la libertad de elegir la actitud con la que responde a cada instante. Frankl no medía la vida por los años transcurridos. La medía por el sentido que cada momento podía llegar a tener.
Y eso cambia completamente nuestra manera de mirar el tiempo, porque entonces cada día deja de ser una página más del calendario.
Se convierte en una oportunidad para amar con generosidad, aprender de cuanto nos sucede, crear aquello que aún no existe, perdonar los que nos impide avanzar, servir a quienes nos rodean y crecer hasta acercarnos a la persona que aspiramos a ser.
Con el paso de los años he llegado a una conclusión que intento recordar siempre: el tiempo no es el recurso más valioso que tenemos. Lo verdaderamente valioso es la posibilidad de llenar ese tiempo de significado.
Quizá por eso una agenda llena no siempre refleja una vida plena. A veces solo refleja una vida ocupada.
La dimensión del tiempo no consiste en hacer más cosas. Consiste en asegurarnos de que las cosas más importantes encuentren un lugar en nuestra vida antes de que las urgencias ocupen todo el espacio.
Nuestros días terminan convirtiéndose en nuestras semanas, nuestras semanas en nuestros años y nuestros años... en nuestra vida.
Un pequeño ejercicio
Hoy te propongo un ejercicio diferente. Abre tu agenda de las últimas cuatro semanas.
Obsérvala como si perteneciera a otra persona y pregúntate:
¿Qué dice esta agenda sobre lo que realmente considero importante?
¿Cuánto tiempo he dedicado a las personas que más quiero?
¿Cuánto tiempo he reservado para cuidar de mí, aprender o simplemente disfrutar?
Si mi vida se midiera como en el relato de Jorge Bucay, ¿cuántos minutos habría sumado este último mes?
Tal vez descubras que no necesitas disponer de más tiempo, sino que necesitas decidir mejor qué merece ocuparlo.
Recuerda. Una vida plena no se mide por el número de años que vivimos. Se mide por la intensidad, el sentido y la presencia con la que vivimos cada uno de ellos.
Y tú...
Si hoy tuvieran que escribir la edad de tu vida realmente vivida... ¿qué número aparecería?





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