Neurociencia: ¿estamos programados para ser como somos?

Genética, epigenética y neuroplasticidad
¿Somos como somos porque hemos nacido así? ¿O nos convertimos en quienes somos a través de nuestras experiencias?
Durante mucho tiempo, la discusión parecía reducirse a una elección: naturaleza o educación. Hoy sabemos que la realidad es bastante más compleja.
Nuestros genes importan. Nuestro entorno también. Y entre ambos existe una interacción constante en la que participan mecanismos epigenéticos y un cerebro capaz de cambiar con la experiencia.
Quizá la pregunta ya no sea “¿Genética o ambiente?”, sino “¿Cómo interactúan nuestra biología y nuestras experiencias para construir nuestro comportamiento?”

1. Los genes no son un destino
Nuestro ADN contiene la información genética que heredamos y que contribuye a nuestras características biológicas.
Según el estudio “Gene × Environment Interactions: From Molecular Mechanisms to Behavior”, también puede influir en determinados aspectos relacionados con el comportamiento: nuestra sensibilidad al estrés, nuestra respuesta ante determinadas recompensas, algunos rasgos del temperamento o nuestra vulnerabilidad ante determinadas condiciones.
Pero hay una distinción fundamental. Nuestros genes pueden marcar tendencias, pero no escriben por completo nuestra historia. Tener una predisposición no significa estar condenado a un determinado comportamiento.
El comportamiento humano es demasiado complejo para explicarlo mediante un único gen. Nuestra biología interactúa constantemente con nuestro entorno. Y ahí aparece la epigenética.
2. ¿Qué es exactamente la epigenética?
La palabra puede parecer complicada, pero la idea es relativamente sencilla. Nuestro ADN contiene miles de instrucciones para construir y mantener nuestro organismo. Pero no todas esas instrucciones están activas al mismo tiempo.
La epigenética estudia los mecanismos que ayudan a regular qué genes se activan, cuáles permanecen menos activos y cómo puede cambiar esa regulación en función del contexto. El artículo “Epigenetic regulation of brain development, plasticity, and response to early-life stress” de Catherine Jensen Peña, explica precisamente la regulación epigenética del desarrollo cerebral, la plasticidad y la respuesta al estrés.
Podemos imaginar nuestro ADN como una enorme biblioteca. Los libros ya están ahí, pero no todos están abiertos al mismo tiempo. La epigenética estudia, entre otras cosas, los mecanismos que influyen en qué libros se consultan, cuándo y con qué intensidad.
Y aquí aparece lo interesante. Determinadas condiciones del entorno y determinadas experiencias pueden influir en esos mecanismos de regulación.
Esto no significa que una experiencia cambie la secuencia de nuestro ADN ni que podamos “reescribir nuestros genes” a voluntad. Significa algo mucho más interesante: biología y experiencia están más conectadas de lo que durante mucho tiempo imaginamos.
3. El estrés: un ejemplo fascinante
El estrés es uno de los campos donde más se ha investigado esta interacción. Diversos estudios han encontrado asociaciones entre experiencias estresantes y modificaciones epigenéticas relacionadas con sistemas implicados en la respuesta al estrés y en la función cerebral.
Una revisión sistemática sobre estrés, epigenética y depresión encontró asociaciones en genes relacionados con la señalización de glucocorticoides, serotonina y factores neurotróficos como BDNF, aunque también señaló inconsistencias y la necesidad de seguir investigando para establecer mejor las relaciones causales.
Es una buena lección científica: que exista una asociación no significa automáticamente que hayamos descubierto una causa.
La ciencia todavía está intentando comprender hasta qué punto determinados cambios epigenéticos son consecuencia de determinadas experiencias, hasta qué punto contribuyen a producir determinadas respuestas y cómo interactúan con otros factores biológicos y ambientales.
4. ¿Y qué es la neuroplasticidad?
Durante mucho tiempo imaginamos el cerebro como una especie de ordenador que venía “instalado” y que, una vez adultos, apenas cambiaba. Hoy sabemos que no es así.
La neuroplasticidad es la capacidad del cerebro para modificar sus conexiones y su funcionamiento como consecuencia de la experiencia, el aprendizaje y la adaptación al entorno.
Cada vez que aprendemos algo nuevo, practicamos una habilidad, cambiamos un hábito o nos enfrentamos repetidamente a una determinada situación, nuestro cerebro puede ir modificando las conexiones entre sus neuronas.
Por eso aprender no consiste solamente en incorporar información. También implica, en cierta medida, modificar el propio cerebro.
No significa que el cerebro pueda transformarse sin límites ni que podamos conseguir cualquier cosa simplemente pensando en ello. Significa algo mucho más interesante: nuestro cerebro conserva capacidad de adaptación y cambio a lo largo de la vida.
La investigación actual también está profundizando en cómo los mecanismos epigenéticos participan en esta plasticidad neuronal y en el desarrollo del cerebro.
Genética + experiencia + cerebro
Podríamos representar todo esto de una manera muy sencilla:
GENÉTICA
Predisposiciones biológicas
↓
ENTORNO Y EXPERIENCIASInteracción con nuestra biología
↓
EPIGENÉTICARegulación de la expresión de determinados genes
↓
NEUROPLASTICIDADAdaptación y cambios en el cerebro
↓
COMPORTAMIENTORespuestas, aprendizajes y hábitos
Pero el proceso no termina ahí. Nuestro comportamiento modifica nuestras experiencias y nuestro entorno. Y esos cambios vuelven a interactuar con nuestra biología.
No es una carretera de una sola dirección. Es un sistema dinámico.
5. Entonces, ¿podemos cambiar?
Sí, pero hay que entender bien qué significa. No podemos elegir nuestro ADN. Tampoco podemos borrar las experiencias que hemos vivido.
Y no podemos controlar completamente cómo responde nuestro organismo a cada situación. Pero sí podemos influir en muchas variables que forman parte de nuestra experiencia.
Podemos trabajar sobre nuestros hábitos y sobre la manera en que aprendemos. Podemos elegir, hasta cierto punto, los entornos en los que nos desenvolvemos y las relaciones que cultivamos. Podemos exponernos a nuevas experiencias y desarrollar nuevas habilidades.
Y también podemos aprender estrategias diferentes para afrontar los desafíos y regular nuestras respuestas.
Esto no significa que podamos convertirnos en cualquier persona que imaginemos. Significa algo mucho más realista y, para mí, mucho más poderoso: no todo está determinado de antemano.
Porque cuando cambiamos aquello que hacemos de manera repetida, cambiamos nuestras experiencias; y cuando nuestras experiencias cambian, nuestro cerebro tiene la capacidad de adaptarse.
6. ¿Y qué significa esto para el coaching y el liderazgo?
Aquí encuentro una conexión especialmente interesante. Cuando alguien dice “Yo soy así.”, tal vez deberíamos preguntarnos “¿Eres realmente así o has aprendido a responder así?”.
Porque una cosa es una característica relativamente estable de nuestra personalidad y otra muy diferente un patrón de comportamiento que hemos repetido durante años.
La ciencia de la genética, la epigenética y la neuroplasticidad no demuestra que podamos “programarnos” a voluntad. Nos muestra que biología y experiencia están profundamente conectadas y que el cerebro conserva capacidad de adaptación.
Por eso importa lo que aprendemos. Importa aquello que repetimos hasta convertirlo en hábito. Importa el entorno en el que nos desarrollamos. Importan las personas con las que compartimos nuestra vida y nuestro trabajo. Y también importa cómo interpretamos y afrontamos aquello que nos sucede.
Esto tiene una enorme relevancia para el liderazgo. Porque un líder no solamente toma decisiones. También crea contextos.
Y esos contextos pueden favorecer el aprendizaje, la seguridad, el desafío, la colaboración y el desarrollo de las personas.
Quizá la pregunta no sea “¿cómo soy?”. Quizá deberíamos empezar a preguntarnos ¿qué parte de mi comportamiento es predisposición?, ¿qué parte es aprendizaje?, ¿qué patrones he construido a través de mis experiencias? Y, sobre todo, ¿qué puedo empezar a cambiar?
No podemos elegir los genes con los que llegamos al mundo. Tampoco podemos borrar las experiencias que nos han construido. Pero sí podemos seguir aprendiendo, crear nuevas experiencias, modificar determinados hábitos y elegir, dentro de nuestros límites y circunstancias, cómo queremos responder a lo que nos sucede.
La genética puede escribir algunas páginas de nuestro punto de partida. La epigenética nos ayuda a comprender cómo la biología y el entorno interactúan. La neuroplasticidad nos recuerda que el cerebro puede adaptarse. Y el aprendizaje nos ofrece la posibilidad de seguir escribiendo.
Porque una predisposición puede influir en quiénes somos, pero no determina quiénes podemos llegar a ser.
Nuestro punto de partida puede estar condicionado por nuestra biología. Nuestra historia, sin embargo, también se construye con lo que vivimos, lo que aprendemos y lo que hacemos con ello.
Y tú, ¿qué parte de quién eres crees que viene dada… y qué parte todavía está en tus manos construir?




Comentarios