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Neurociencia y coaching: cuando el cerebro aprende a escucharse

  • Foto del escritor: Nacho Martín
    Nacho Martín
  • 2 ene
  • 3 Min. de lectura

¿Conoces a Amy Brann? Es médica de formación, divulgadora en neurociencia aplicada y una de las voces más reconocidas en el ámbito del liderazgo, el coaching y el engagement.


Durante años ha trabajado acompañando a líderes, equipos y organizaciones a comprender cómo funciona realmente el cerebro cuando aprende, cambia y se compromete.


Sus libros “Make Your Brain Work”, “Neuroscience for Coaches” y “Engaged: the neuroscience behind creating productive people in successful organizations” comparten una misma intención: traducir la neurociencia en sentido común aplicable, sin perder rigor ni humanidad.


Deja que te explique un pequeño cuento:


Érase una vez, un viejo jardinero que le dijo a su aprendiz:


"Las plantas no crecen porque las estires, sino porque creas las condiciones para que crezcan."

El coaching se parece mucho más a la jardinería de lo que solemos admitir. Y la neurociencia, lejos de ser un manual de instrucciones, es el conocimiento del terreno: cómo es la tierra, cuándo hay que regar y cuándo, simplemente, hay que esperar.


Amy Brann nos recuerda algo esencial: el cerebro no necesita ser empujado para cambiar, necesita sentirse seguro para hacerlo. Desde ahí, el coaching deja de ser una técnica y se convierte en un espacio donde el cambio es posible.


Foto de Freepik - Neurociencia y coaching
Foto de Freepik - Neurociencia y coaching


1.  El cerebro no busca crecer, busca sobrevivir


Imagina al cerebro como un vigilante nocturno. No está aquí para innovar, ni para soñar, ni siquiera para aprender. Está aquí para protegerte.


El cerebro humano está diseñado para ahorrar energía, evitar el peligro y repetir lo conocido. Por eso, cuando una persona afirma que quiere cambiar, muchas veces su sistema interno responde con cautela. No porque no quiera, sino porque no sabe si es seguro hacerlo.


Amy Brann explica que gran parte de lo que llamamos resistencia no es más que un mecanismo de supervivencia. El miedo al error, a la pérdida de estatus o a dejar de pertenecer a un grupo activa circuitos de amenaza que cierran la puerta al aprendizaje. En ese estado, el cerebro no explora; se defiende.


Desde este punto de vista, el coaching deja de enfrentarse a la resistencia y empieza a comprenderla. No se trata de vencer al cerebro, sino de tranquilizarlo. Porque un cerebro en calma es un cerebro disponible.


2.  Donde va la atención, crece el camino


En Make Your Brain Work, Amy Brann insiste en una idea tan sencilla como poderosa: el cerebro solo logra transformarse en aquellos aspectos a los que prestamos atención de manera consciente.


La neuroplasticidad no ocurre por revelaciones brillantes ni por grandes decisiones, sino por pequeñas repeticiones conscientes. Cada vez que una persona observa un patrón distinto, nombra una emoción o elige una respuesta nueva, el cerebro empieza a trazar un sendero alternativo. Como un camino que aparece en el bosque después de ser recorrido muchas veces.


El coaching funciona precisamente porque crea espacios de atención deliberada. No empuja respuestas ni impone soluciones, sino que invita a mirar de nuevo. Y mirar, cuando se hace con presencia, transforma.


Por eso, más que provocar grandes cambios, el coaching eficaz cultiva nuevos hábitos de atención. Y con el tiempo, el cerebro aprende.


3.  Sin seguridad no hay engagement


En el libro Engaged, Amy Brann traslada la neurociencia al mundo del liderazgo y del engagement con una afirmación clara: el miedo puede generar obediencia, pero nunca compromiso real.


El cerebro es profundamente social. Necesita sentirse aceptado, valorado y con cierto grado de autonomía. Cuando estas condiciones no están presentes, el sistema nervioso entra en modo defensa. Y un cerebro a la defensiva no crea, no colabora, no se abre al cambio.


En coaching ocurre lo mismo. No hay transformación profunda sin seguridad psicológica. El cambio no nace de la presión, sino del permiso. No se activa desde la exigencia, sino desde la confianza.


Por eso, el papel del coach no es corregir ni dirigir, sino crear un espacio seguro donde el cerebro pueda bajar la guardia. A veces, la mayor intervención es el silencio. O la presencia. O la sensación de no tener que demostrar nada.


4.  Un coaching más humano


Amy Brann no propone un coaching más sofisticado, sino más humano. Nos recuerda que el cerebro no necesita ser arreglado, sino comprendido. Que el cambio no se fuerza, se facilita. Y que el coach no transforma a nadie: crea las condiciones para que la persona se transforme a sí misma.


Quizá el neurocoaching no sea aplicar neurociencia al coaching. Quizá sea algo más simple y más profundo:

Escuchar al cerebro como se escucha a alguien cansado: con respeto, paciencia y presencia.

Y dejar una única pregunta suspendida en el aire:


¿Qué necesitaría tu cerebro hoy para atreverse a cambiar sin miedo?

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