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Irse a tiempo: el coraje silencioso del liderazgo consciente

  • Foto del escritor: Nacho Martín
    Nacho Martín
  • hace 3 días
  • 3 Min. de lectura

Hay preguntas que no aparecen en los comités ni en las agendas estratégicas, pero que deciden el destino de personas y organizaciones. Una de ellas es incómoda y profundamente humana: ¿cuándo es el momento de irse si aparentemente todo va bien?


El artículo “¿Hora de irse?” de Xavier Marcet - presidente de Lead to Change-,  en La Vanguardia del 18/01/2026,  pone palabras a una intuición que muchos líderes sienten y pocos se atreven a mirar de frente. Desde la mirada del coaching y del liderazgo consciente, coincido plenamente: irse a tiempo no es rendirse; es un acto de lucidez, de responsabilidad y, en ocasiones, de amor por el proyecto que uno ha ayudado a construir.


Liderar no es ocupar un cargo, es sostener una energía. Y cuando esa energía se agota o se vuelve inercial, seguir puede dañar más que marcharse. Irse a tiempo es saber cerrar ciclos sin traicionar el propio legado.


Foto de Freepik - Hora de irse - Liderazgo y coaching
Foto de Freepik - Hora de irse - Liderazgo y coaching


1. Cuando el fuego interior se convierte en rutina


Hay un momento —difícil de fechar, fácil de sentir— en el que el brillo de los ojos se apaga. No hay drama, no hay crisis, no hay errores graves. Solo hay repetición. El liderazgo pasa de ser creación a ser conservación. Desde el coaching decimos que la motivación auténtica se reconoce porque genera movimiento interior. Cuando ya no hay preguntas vivas, cuando los retos no nos interpelan y solo defendemos lo conseguido, algo esencial se ha detenido.


Es como un faro que no está para mirarse a sí mismo, sino para alumbrar el camino de otros. Cuando el faro se queda contemplando su propia luz, deja de cumplir su función.


Preguntas poderosas para la reflexión:

  • ¿Qué me ilusiona hoy de este rol que no sea mantener lo que ya existe?

  • ¿Estoy creando futuro o defendiendo pasado?

  • Si nadie me mirara, ¿seguiría eligiendo este lugar?


El liderazgo consciente exige honestidad emocional. No para juzgarnos, sino para escucharnos.


2. Aprender, influir y seguir siendo fértil


Marcet señala algo clave: “cuando dejamos de aprender, envejecemos de golpe”. Desde el coaching lo formulamos así: el aprendizaje es el oxígeno del liderazgo. Sin él, el pensamiento se vuelve rígido y la influencia se empobrece.


Hay señales claras de infertilidad del liderazgo: hablamos más de lo que escuchamos, respondemos más de lo que preguntamos, mandamos más de lo que inspiramos. El cargo se sostiene, pero el liderazgo se erosiona.


Un líder consciente no mide su impacto por el control, sino por la capacidad de hacer crecer a otros. Cuando ya no generamos nuevos líderes, cuando nadie nos contradice, cuando el entorno se adapta a nuestro ego para no incomodarnos, el problema no es el equipo: es el espejo que hemos dejado de usar.


Preguntas poderosas:

  • ¿Cuándo fue la última vez que cambié de opinión gracias a alguien de mi equipo?

  • ¿Sigo aprendiendo o solo acumulando experiencia enlatada?

  • ¿Mi presencia multiplica talento o lo condiciona?


Irse a tiempo, en estos casos, puede ser el mayor acto de influencia que nos queda.


3. Legado, ego y la sabiduría de soltar


Uno de los grandes malentendidos del liderazgo es confundir permanencia con legado. El legado no se mide por cuánto tiempo permanecemos, sino por lo que dejamos funcionando cuando ya no estamos.


He acompañado a líderes brillantes que supieron retirarse en plenitud y a otros que empañaron trayectorias extraordinarias por quedarse demasiado. La diferencia no estaba en la competencia, sino en la relación con el ego.


El liderazgo consciente entiende que no somos imprescindibles. Podemos ser necesarios, incluso muy necesarios, pero no eternos. Preparar sustitutos, repartir juego, ceder protagonismo no es debilidad: es madurez.


Es como el cuento de aquel buen jardinero que no se queda para siempre sosteniendo el tallo; sabe cuándo retirarse para que la planta se sostenga sola.


Preguntas poderosas:

  • ¿Qué parte de mí necesita seguir aquí: el propósito o el ego?

  • ¿Estoy preparando a alguien para hacerlo mejor que yo?

  • Si hoy me fuera, ¿qué quedaría vivo de lo que he construido?


Saber irse también es una forma de liderazgo. Quizás la más silenciosa y la más difícil.


4. Aprender, influir y seguir siendo fértil


“Irse tarde es ser un mal CEO de uno mismo”, dice Marcet con precisión quirúrgica. Liderar conscientemente implica también liderar la propia salida. No como huida, sino como transición. No como final, sino como umbral.


Las personas consistentes siempre empiezan algo. Cuando cierran bien, honran su historia y abren espacio para que otros escriban la siguiente página.Tal vez la pregunta no sea si hay que irse, sino cómo y para qué.


Porque el verdadero liderazgo no se aferra. Acompaña, impulsa… y sabe soltar.

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