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Coachability: la semilla que hace posible el cambio

  • Foto del escritor: Nacho Martín
    Nacho Martín
  • 9 jul
  • 4 min de lectura

Había una vez un jardinero conocido por su extraordinaria habilidad para hacer crecer cualquier planta. Un día, un hombre llegó a su huerto con dos semillas en la mano.


—  Dicen que eres el mejor jardinero de la comarca. ¿Podrías convertir estas dos semillas en dos árboles fuertes y saludables?


El jardinero las observó con atención, preparó la mejor tierra, las plantó con el mismo cuidado, las regó con la misma dedicación y las protegió del viento y del frío.


Al cabo de unas semanas, una de las semillas había empezado a germinar. La otra seguía escondida bajo la tierra.


Sorprendido, el hombre le preguntó:


—   ¿Cómo es posible? Si las has cuidado exactamente igual.


El jardinero sonrió.


—   Yo puedo preparar la tierra, aportar agua y crear las mejores condiciones para que una semilla crezca. Pero hay una cosa que nunca podré hacer.


—   ¿Cuál?


—   No puedo decidir por la semilla si quiere germinar.


Esta pequeña historia nos ayuda a comprender una de las ideas más importantes del coaching.


Normalmente se habla sobre las competencias del coach: escucha activa, preguntas poderosas, presencia, empatía, confianza o comunicación. Y es lógico. Un buen coach es imprescindible para que el proceso sea profesional y eficaz.


Sin embargo, existe otra variable, menos visible y, a menudo, menos comentada, que condiciona profundamente los resultados: la disposición del coachee para dejarse acompañar, aprender y actuar. Esa disposición tiene un nombre: coachability.


Imagen de Jardinero y rosales creada con la IA de Wix.com
Imagen de Jardinero y rosales creada con la IA de Wix.com

Coachability: la decisión de querer crecer


La coachability es la disposición de una persona para aprovechar un proceso de coaching. Es la voluntad de abrirse a nuevas perspectivas, cuestionar las propias creencias, aceptar feedback, asumir la responsabilidad del propio desarrollo y transformar la reflexión en acción.


Fijaros que no depende de la edad, ni del cargo que tenga, ni de su experiencia. Depende, sobre todo, de su actitud.


Marshall Goldsmith, uno de los grandes referentes del coaching ejecutivo, sostiene que antes de iniciar cualquier proceso deberíamos hacernos una pregunta esencial: ¿es esta persona coachable?


No porque el coach deba seleccionar a sus clientes, sino porque el coaching no es una herramienta para convencer a nadie de que cambie. Es una disciplina que acompaña a personas que han decidido asumir la responsabilidad de su propio desarrollo.


Piénsalo por un momento. ¿Cuántas veces hemos intentado ayudar a alguien que no quería ser ayudado? ¿Cuántas veces hemos ofrecido una buena idea que nunca llegó a ponerse en práctica? ¿Cuántas veces hemos pensado que el problema era el método, cuando en realidad era la falta de compromiso?


Tal vez la pregunta no sea si el coaching funciona. La verdadera pregunta es: ¿Estoy realmente dispuesto a dejarme transformar por el proceso?


Una persona con una elevada coachability no es aquella que siempre tiene la respuesta correcta. Es aquella que mantiene la curiosidad. Que escucha antes de justificarse. Que acepta que todavía tiene mucho que aprender. Que es capaz de sustituir la frase «yo soy así» por otra mucho más poderosa: «¿Qué puedo hacer de manera diferente?»


Sin acción no hay coaching


Hay una idea que resume la esencia del coaching: sin acción no hay coaching.


Una sesión de coaching puede emocionar. Una pregunta puede provocar una gran toma de conciencia. Una conversación puede cambiar la forma de entender una situación. Pero el cambio real no sucede durante la sesión. Sucede después.


Cuando la persona mantiene esa conversación que lleva meses evitando. Cuando decide delegar. Cuando pide perdón. Cuando se atreve a dar feedback. Cuando abandona un hábito que ya no le aporta nada. Cuando prueba una forma diferente de liderar.


Es ahí donde la coachability marca la diferencia. Porque el coach no cambia a las personas. No toma decisiones por ellas. No resuelve sus problemas.


El coach crea un espacio de confianza, formula preguntas, desafía creencias y acompaña el proceso de transformación. Pero es el coachee quien decide si convierte esa conversación en una nueva forma de actuar.


La literatura más reciente sobre coachability coincide en destacar algunas actitudes que favorecen cualquier proceso de desarrollo: la curiosidad por aprender, la apertura al feedback, la humildad para reconocer que todavía podemos mejorar, la responsabilidad sobre nuestras decisiones y la perseverancia para mantener los compromisos.


En realidad, todas ellas comparten un mismo hilo conductor: la voluntad de seguir creciendo.


Por eso, un buen proceso de coaching no depende exclusivamente de las competencias del coach. Un coach excelente es una condición necesaria pero no suficiente. Sin coachability, incluso las mejores preguntas pueden quedarse sin respuesta. Sin compromiso, las mejores ideas se convierten en buenas intenciones. Sin acción, el coaching se transforma en una conversación interesante... pero estéril.


Conclusiones


La coachability nos recuerda una verdad que con frecuencia olvidamos. El protagonista de un proceso de coaching no es el coach. Es el coachee.


El coach aporta metodología, experiencia, escucha y preguntas. El coachee aporta aquello que nadie puede aportar por él: la decisión de aprender, cuestionarse y pasar a la acción.


Tal vez, antes de preguntarnos si hemos encontrado al coach adecuado, deberíamos hacernos otra pregunta mucho más profunda: ¿Estoy preparado para cambiar aquello que digo que quiero cambiar?


Porque, igual que el jardinero no puede obligar a una semilla a germinar, ningún coach puede provocar un cambio en una persona que todavía no ha decidido crecer.


La buena noticia es que la coachability también se cultiva. Cada vez que escuchamos con humildad. Cada vez que aceptamos un feedback sin ponernos a la defensiva. Cada vez que transformamos una reflexión en una acción.


Es en esos pequeños gestos donde, silenciosamente, comienza el verdadero cambio. Y es ahí donde el coaching despliega todo su potencial.

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