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El poder invisible que gobierna muchas de nuestras decisiones

  • Foto del escritor: Nacho Martín
    Nacho Martín
  • hace 9 horas
  • 3 min de lectura

¿Por qué hacemos cosas que sabemos que no nos convienen? ¿Por qué posponemos una conversación que sabemos que necesitamos tener? ¿Por qué permanecemos en un trabajo que ya no nos satisface? ¿Por qué nos cuesta ahorrar, cambiar un hábito o dar ese paso que llevamos meses pensando?


Tony Robbins plantea en su libro “Controle su destino: despertando el gigante que lleva dentro” una idea sencilla, pero profundamente poderosa: muchas de nuestras decisiones están condicionadas por dos fuerzas fundamentales, el dolor y el placer.


Buscamos aquello que asociamos con placer y tratamos de evitar aquello que asociamos con dolor. El problema es que, muchas veces, lo que nos produce placer hoy puede generarnos dolor mañana, y aquello que nos produce dolor hoy puede acercarnos a una vida mejor. Y ahí comienza el verdadero desafío del cambio.


Foto de mujer mirando ropa creada con la IA de Wix.com
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1. Antes de cambiar, necesitamos descubrir qué estamos evitando


Cuando queremos cambiar una conducta solemos preguntarnos qué quiero conseguir, pero tal vez deberíamos empezar por preguntarnos qué estoy intentando evitar.


Detrás de muchas decisiones aparentemente irracionales existe una lógica emocional. Procrastinar puede evitar el miedo a equivocarnos. No poner límites puede evitar un conflicto. No cambiar de trabajo puede evitar la incertidumbre.


No afrontar nuestras finanzas puede evitar la ansiedad de descubrir nuestra situación real. No tener una conversación difícil puede proporcionarnos tranquilidad… al menos durante un tiempo.


Por eso, una pregunta poderosa en coaching es esta: ¿Qué dolor estás evitando al no actuar?


Porque mientras ese dolor siga pareciendo mayor que el beneficio del cambio, probablemente continuaremos haciendo lo mismo.


2. El placer inmediato puede convertirse en el dolor del futuro


Una de las trampas más habituales de nuestras decisiones es confundir lo cómodo con lo conveniente.


El cerebro tiende a valorar especialmente aquello que ocurre ahora. Por eso, descansar en lugar de entrenar nos proporciona placer inmediato, gastar en lugar de ahorrar nos ofrece satisfacción, evitar una conversación incómoda nos produce alivio y permanecer en nuestra zona conocida nos proporciona seguridad. Pero las consecuencias llegan después.


Y entonces descubrimos una paradoja: aquello que hoy nos evita un pequeño dolor puede estar construyendo un dolor mucho mayor mañana.


El cambio exige, muchas veces, aceptar un cierto dolor presente para conseguir un placer, una libertad o una satisfacción futura.


No se trata de buscar el sufrimiento. Se trata de aprender a distinguir entre el dolor que nos destruye y el esfuerzo que nos transforma.


3. Cambiar también significa cambiar nuestra percepción


Aquí aparece una de las claves más interesantes del planteamiento de Robbins. A veces no necesitamos más información. Necesitamos cambiar la asociación que hacemos con aquello que queremos cambiar.


Si asociamos hacer ejercicio con sacrificio y estar en el sofá con placer, probablemente elegiremos el sofá. Si conseguimos asociar el ejercicio con energía, bienestar y libertad, mientras empezamos a percibir la inactividad como una pérdida de esas mismas cosas, nuestra decisión puede cambiar.


No hemos cambiado todavía la realidad. Hemos cambiado el significado que le damos. Y eso puede transformar nuestras acciones.


Por eso, ante una decisión importante, quizá convenga preguntarnos:

  • ¿Qué placer estoy obteniendo al mantenerme como estoy?

  • ¿Qué dolor estoy evitando?

  • ¿Qué precio tendrá mantener esta situación dentro de un año?


Y, sobre todo:

  • ¿Qué dolor estoy dispuesto a aceptar hoy para conseguir la vida que quiero mañana?


El cambio empieza con la conciencia. No todas nuestras decisiones pueden reducirse únicamente al dolor y al placer. También intervienen nuestros valores, creencias, identidad, relaciones y propósito.


Pero entender el poder de estas dos fuerzas, dolor y placer, puede abrirnos los ojos ante algo fundamental: muchas veces no hacemos lo que queremos porque todavía nos duele más cambiar que permanecer igual.


El primer paso, entonces, no es necesariamente actuar.  Es observar. Observar qué evitamos. Observar qué buscamos. Observar qué recompensa obtenemos al mantener nuestros patrones.


Porque cuando somos capaces de ver qué fuerzas están detrás de nuestras decisiones, recuperamos algo esencial: la posibilidad de elegir conscientemente.


Y quizá el verdadero cambio comienza precisamente ahí. Cuando dejamos de preguntarnos solamente qué queremos y empezamos a preguntarnos qué estamos evitando.


 

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