Lo que no es liderazgo extraordinario
- Nacho Martín

- 11 feb
- 4 Min. de lectura
Hubo una vez un líder que creía que liderar era no perder nunca. Ganaba discusiones. Corregía propuestas. Añadía valor a cada idea. Tenía respuesta para todo. Y, sin embargo, algo no funcionaba.
Los resultados estaban allí. Pero el entusiasmo no. La disciplina existía. Pero la confianza no crecía.
Marshall Goldsmith, autor y coach ejecutivo norteamericano, en su libro “What Got You Here Won’t Get You There”, identificó 20 hábitos frecuentes en líderes exitosos que, paradójicamente, se convierten en freno cuando uno quiere dar el siguiente salto.
No habla de incompetencia. Habla de pequeñas conductas cotidianas.
Y quizá la pregunta no sea qué es liderazgo extraordinario. Quizá primero debamos preguntarnos… ¿qué no lo es?

1. El liderazgo que compite en lugar de construir
No es liderazgo extraordinario necesitar ganar siempre. Ni siquiera cuando no importa.
No es extraordinario empezar frases con “sí, pero…”. Ni añadir valor a todo lo que otros proponen como si el silencio fuera debilidad.
No es liderazgo extraordinario corregir por sistema. Ni demostrar constantemente cuánto sabes. Eso no es autoridad madura. Es inseguridad bien vestida.
Goldsmith nos habla de hábitos como:
Juzgar en lugar de comprender.
Interrumpir en lugar de escuchar.
Responder desde la ira.
Explicar por qué algo no funcionará antes de intentar que funcione.
Todo eso puede dar sensación de control. Pero el control no es lo mismo que influencia.
Y entonces surge una pregunta incómoda: ¿Estás construyendo un equipo… o compitiendo contra él sin darte cuenta?
El liderazgo extraordinario no gana discusiones. Gana compromiso. No impone criterio. Genera criterio en otros.
2. El liderazgo que protege su ego
No es liderazgo extraordinario atribuirte méritos que no te corresponden. Ni olvidar reconocer el trabajo de otros. No es extraordinario guardar información para mantener ventaja. Ni tener favoritos. Ni castigar al mensajero cuando trae malas noticias.
No es liderazgo extraordinario justificar tus errores. Ni aferrarte al pasado. Ni decir: “yo soy así”.
Goldsmith lo señala con claridad: muchos líderes no cambian porque confunden personalidad con identidad. Pero decir “yo soy así” es cerrar la puerta a la evolución.
El liderazgo extraordinario no necesita tener razón. Necesita tener impacto positivo. No necesita aplauso. Necesita confianza.
Y aquí aparece otra pregunta que incomoda más que cualquier KPI:
¿Qué parte de tu comportamiento defiendes… aunque sabes que ya no suma?
3. Darle la vuelta
Si el liderazgo extraordinario no es competir, es colaborar. Si no es imponer, es escuchar. Si no es demostrar, es desarrollar.
Goldsmith insiste en algo profundamente práctico: el cambio real no está en las intenciones, sino en las conductas.
Así que la vuelta no es teórica. Es cotidiana. En lugar de empezar con “pero”, empieza con “cuéntame más”. En lugar de añadir valor, pregunta si hace falta. En lugar de ganar, elige entender. En lugar de culpar, asume. En lugar de guardar información, comparte. En lugar de apropiarte del mérito, distribúyelo.
Pequeños gestos. Grandes efectos. El liderazgo extraordinario no es espectacular. Es consistente. Es la suma de microdecisiones diarias que construyen confianza.
Y quizá no tengas que cambiar veinte hábitos. Quizá tengas que empezar por uno. Uno solo. El que más resistencia te genera. El que más justificas. El que más veces repites.
4. La extraordinaria humildad de cambiar
Hubo un momento en que aquel líder del inicio entendió algo simple. No necesitaba ser el más brillante de la sala. Necesitaba crear una sala donde otros pudieran brillar.
Ese día dejó de competir. Dejó de corregir por sistema. Dejó de defender cada opinión como si fuera su identidad. Y algo cambió. No perdió autoridad. Ganó respeto. No perdió control. Ganó confianza.
Marshall Goldsmith no habla de liderazgo heroico. Habla de liderazgo consciente. De líderes que se atreven a mirar sus sombras. A reconocer sus micro-hábitos. A cambiar conductas que durante años les dieron éxito.
Porque lo extraordinario no está en subir más alto. Está en evolucionar cuando ya podrías quedarte como estás.
Y ahora te dejo con la pregunta final, la que convierte este post en algo más que lectura:
Si revisaras honestamente tu liderazgo, ¿qué hábito estarías dispuesto o dispuesta a soltar para empezar a ser verdaderamente extraordinario?
A veces, lo extraordinario no empieza haciendo más. Empieza dejando de hacer lo que ya no sirve.
Lista de 20 hábitos que ferenan el liderazgo extraordinario
Ganar siempre. La necesidad compulsiva de tener la última palabra o imponerse.
Aportar demasiado. Añadir tu opinión incluso cuando no suma.
Juzgar. Valorar las ideas de otros en lugar de simplemente escucharlas.
Descalificar con “sí, pero…”. Restar valor a lo que otros aportan.
Mostrar lo listo que eres. Necesidad de demostrar superioridad intelectual.
Hablar cuando estás enfadado. Usar la emoción como arma.
Negatividad. Decir “eso no funcionará” antes de explorar posibilidades.
Retener información. Usar la información como poder.
No dar reconocimiento. No agradecer o no celebrar contribuciones.
Apropiarse del mérito. Inflar tu contribución o minimizar la de otros.
Disculparse de forma destructiva. Excusas en lugar de responsabilidad.
Apegarse al pasado. Usar errores pasados como justificación o arma.
Jugar a las preferencias. Tratar mejor a unos que a otros sin razón objetiva.
No escuchar. Fingir atención o interrumpir.
No expresar gratitud. Falta de reconocimiento emocional.
Castigar (matar) al mensajero. Reaccionar mal ante malas noticias.
Culpar a los demás. Evitar la responsabilidad personal.
Excesiva necesidad de “ser yo mismo”. Usar la autenticidad como excusa para no mejorar.
Negarse a pedir perdón. No reparar relaciones.
No preguntar “¿Cómo puedo mejorar?”. Evitar el feedback que podría impulsarte.






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